-      - Aló

-      - Mataron a Arnulfo

Era un febrero cuando recibimos la triste llamada. Una época donde todo el departamento del Quindio se encontraba grisáceo, no por el cielo que siempre nos perdona,  sino por la cantidad exorbitante de material para la construcción. Se levantaba la nueva ciudad y se arreglaban las casas precarias de los pequeños pueblos, después de aguantar un movimiento telúrico que desbarató la tranquilidad y un ritmo de vida que nunca más volvió. El edificio Casa Blanca que había caído en el 99, ya se encontraba reemplazado; en el mismo lote se levantaba un nuevo esqueleto de columnas y vigas. Mi abuelo se encargaba de vigilar en las noches la construcción en proceso. El día del siniestro, guardaba un dinero entregado por el ingeniero para pagar nominas en la mañana siguiente. Por eso el vigor del asalto, por eso el desalmado ladrón.

Todos los días la misma rutina desde que consiguió el empleo. Llegaba desde Armenia a La Tebaida en horas de la mañana, visitaba a cada uno de sus hijos en diferentes sitios, como la casa de Pisamos, la estación de gasolina de Monterrey y  la casa del Turbay Ayala; saludaba y contaba algún chiste, traía parva de Pan Tolima, se mofaba de sus nietos y bisnietos feos, entre otras acciones llenas de ternura. A su casa, ubicada desde siempre por los lados del cementerio, iba llegando a medio día. Almorzaba con su esposa y se echaba a dormir, para llegada la noche regresar nuevamente a su sitio de trabajo: el Edificio Casa Blanca que se encontraba en construcción. Mi casa era la primera que visitaba, por la proximidad a la primera parada del bus de Trastebaida, y por ser mi madre la hija matriarca que toda familia tiene. Yo, que en ese tiempo era madrugador, lo esperaba para verlo desayunar o tomar tinto y molestar con él y mi sobrino, al perro de lengua morada de raza Chow Chow con el que había llegado mi hermano mayor un día cualquiera. “Arnulfo, José Oscar, Martín, dejen ya a ese chandoso quieto” decía mi madre. Llegó el 2 del mes de los acuarios y la rutina se rompió.

Al igual que en el 2012 y el seis de junio del 2006 (06/06/06), en el diciembre del año 99 se sentía en el aire muchas ínfulas de temor por el fin del mundo. “El cambio de milenio terminaría con la raza humana” decían los católicos, los evangélicos, los culebreros y hasta los incrédulos. Sumado a esto, estaba la predisposición quindiana de sufrir nuevamente las inclemencias de los suelos rebeldes, como había ocurrido en el enero caluroso de ese año. El presidente Pastrana que sobrevoló en helicóptero el barrio la Cecilia cuando solo quedó en piltrafas, gestionó recursos internacionales que llegaron en forma de enlatados, cobijas, carpas, alimentos de otros países y demás. Así que en diciembre no faltó comida pero si faltaron las ganas de celebrar. “Miryam no me diga que usted también cree que el mundo se va a acabar, ¿Y la fiesta del arroz con pollo?” le dijo mi abuelo a mi mamá. Él, se refería a la fiesta de fin de año de la casa, cuando éramos más pobres que ahora y las paredes estaban sin revocar, con los ladrillos expuestos. Le parecía inconcebible que no celebráramos por miedo, y que no se reunieran los hermanos en la casa de mi madre, ni se repartieran bebidas alcoholizadas, ni  que Flor bailar las cumbias con sus faldas largas, ni que Betty, La Mona, Elvia, Mariela y todas sus nueras hicieran los típicos tamales. 

No hubo celebración por lo alto, se cambió por una reunión parca al estilo neoyorquino. El abuelo quedó indispuesto, pero no tanto como quedamos nosotros los familiares, cuando lo asesinaron un mes después. El remordimiento es tema de cada diciembre.