Chequeo Cruzado
Volar me ha parecido de las
cosas más maravillosas que hacemos los seres humanos, por más explicaciones científicas
que existan, yo sigo pensando que es algo mágico. El avión que tiene un peso
considerable, se torna sumamente veloz sobre la pista y de un momento a otro,
despega. Son tres segundos donde se siente que empezó a ser sostenido por el
aire. Una aplicación de fuerza o energía o cualquier concepto de la física,
para levantar vuelo y luego viene la calma; comparo dicho momento con el
orgasmo. Solo una vez en la vida no estaba contento por elevarme.
El 7 de mayo del presente
año abordé el vuelo 6941 desde el aeropuerto El Edén en La Tebaida con destino
a la ciudad de Bogotá. Era un viernes soleado pero cargado de tristeza. Dos
días atrás habían atentado contra Lucas Villa en el marco del Paro Nacional,
acto que sumergió al país en una especie de letargo de desesperanza y miedo.
Tal vez por esto la sala de embarque estaba callada, sin movimientos rápidos ni
gente tosca, contario a lo que siempre se ve en los aeropuertos.
El avión pequeño de la compañía EasyFly no
viajaría con el cupo lleno.
Antes de abordar el pájaro
mecánico, realicé una llamada para pedir que celebraran hasta el cansancio el
cumpleaños de mi hija Belén, que se realizaría dos días después. Colgué
rápidamente y luego otra llamada para agradecer en la oficina por el
acompañamiento brindado en esos momentos de crisis, nuevamente terminé la
comunicación con afán y apagué el teléfono durante tres días. Dos constantes se
presentaron en las llamadas, dando los mensajes no pude evitar llorar y la
otra, eran mujeres las que estaban al otro lado de la línea. Salía de mi pueblo
por una amenaza de muerte.
El despegue fue de lo más
común, cargado de un sonido industrial y la amabilidad falsa de los auxiliares
de vuelo dando explicaciones en inglés y en español. Detrás de mí, un señor
emocionado grababa desde la ventana las hélices expuestas del aparato; era como
yo en otros vuelos. Alcanzamos la altura necesaria y la tranquilidad para poder
desabrochar el cinturón de seguridad. Sobrevolamos la cordillera con sus nevados
y de un sopetón estábamos en cielos capitalinos. Me pareció demasiado extraño no
ver las fábricas ni lagunas como siempre se ven cuando se viaja con Avianca, en
cambio veía la ciudad en pleno, la majestuosa calle 26 con sus edificios
nuevos, las estaciones y los buses de Transmilenio, el Cementerio central,
entre otras construcciones que solo se ven en Bogotá. De un momento a otro
comenzó el padecimiento. El avión descendió demasiado pronto y no encontraba
pista, hubo un silencio de preocupación en las azafatas que corrieron a
instalarse en sus sillas a las carreras. Por la ventanilla la gente ya no se
veían como hormigas, se veían muy cerca, y se podía sentir como el avión intentaba
subir nuevamente pero el viento o lo que fuera no lo dejaba. La mirada
terrorífica de todos los ocupantes y el mensaje del señor de atrás “Mijo cierto
que este vuelo está muy raro”, me lo confirmaba, nos estábamos yendo a pique. Empecé
a llorar y subí las piernas para acomodarme en posición fetal, como había escuchado
en el canal Discovery, como consejo para aumentar la probabilidad de vivir, y
pensé y hasta lo dije en voz alta con volumen medio, “No marica como voy a
venir de Tebaida huyendo de la muerte, para venir a quedar muerto en un avión”
Aporte a la cuenta de Nequi: 312 245 1102

Publicar un comentario
0 Comentarios