El aire se volvió espeso llenando cada uno de los espacios de la habitación. El silencio llegó reinante como siempre y entonces ya no había nada más que hacer, solo soportarnos por algunos minutos para disimular el descontento de reconocernos como adultos. Es fácil identificar a una persona cuando está cansada, no de dolencias físicas, sino de dolencias espirituales, energéticas, emocionales, o como se quiera llamar, todo depende del Dios o no Dios al que se le rece. En esta ocasión, éramos dos individuos aporreados por el inicio de la adultez, reconociéndonos como perdedores el uno al otro. Ya no teníamos dieciséis ni la conciencia blanca, en cambio pensábamos en el futuro así no quisiéremos. Para menguar el sentimiento de agobio, irrumpí el mutismo con una pregunta mortal, literal mortal.
Si sabe que María Alejandra murió – le dije.
¿Cómo?, me contestó asombrado -, La última vez que la vi fue en la carretera vendiendo jugo de naranja.
Le conté entonces que, efectivamente había muerto en un accidente de tránsito con el esposo, y que era muy fuerte saber que precisamente ella estuviera muerta. Pensaba justo en ese momento en las oportunidades. María Alejandra, una niña que vivía en el campo y que era pobre hasta más no poder, ya estaba muerta. La niña que estudiaba mucho, que amaba estudiar, que soportaba tanto de la vida, que soportaba a todo un salón haciéndole matoneo (me incluyo), ya no estaba. Un día dijo delante de todos que quería ser abogada, que ella sabía que iba a ser abogada algún día. No lo fue. Quedó contra el asfalto, un golpe fulminante se la llevó. Yo también la había visto vendiendo jugos en la carretera, enfrentándose al sol de mediodía.
-Sabe Martín, fue una cosa de locos el colegio- me dijo-, yo me acuerdo de muchas cosas.
Entonces entendí que había que olvidar el tema de Alejandra o terminaríamos llorando. Fue ahí cuando le recordé de los vicios, y en medio de la risita pendeja le hice la lista: Licor, los cigarrillos que se robaba en Beto de la tienda Betos de su papá Beto, marihuana, perico, popper, el líquido de limpiar impresoras DID, entre otras cosas más.
-Éramos bien dañados, contestó con una carcajada.
-Adelantados, muy adelantados – le dije -, y agradezco que haya sido así, a los catorce uno consume por curiosidad y se le pasa rápido la bobada. Con lo único que no pude fue con el licor.
Ya el ambiente estaba más calmado, pero seguimos recordando. Tantos compañeros, tantos amigos, tanta gente de colegio público. Que cuando estábamos en noveno y fue caótico, donde la mayoría estábamos descubriendo el sexo, que el paseo al río, que la fugas colectivas, que los problemas sociales, el hambre de algunos, la familia destrozada de otros, las mujeres con el pelo negro adictas a la plancha, los hombres el pantalón entubado y la gomina. Uno cree que todo es normal, pero ahora me doy cuenta que nunca voy a olvidar que, una compañera era la amante del rector y que paseaban en el descanso, mientras él le gastaba cosas de la tienda. Escribo esto y me da una risa, y me digo a mi mismo: ¡Mi mismo: Colombia es un hpt4 chiste!
Antes de separarnos me habló de Piquiña, me dijo que se había convertido en todo un señor, y yo me llené de esperanza. Yo pensaba que ya estaba muerto-le dije-, era un pelao con muchos problemas. Luego me acusó la conciencia de prejuicioso.
Salimos, no nos veremos pronto.