Protestas en Cali. Fuente: Kienyke.com, foto de Ernesto Guzmán

Quisiera asentar cabeza y tener un trabajo estable, dejar de buscar en mil sitios un lugar donde sentirme tranquilo. Tener dinero para comprarme camisas en todos los tonos de azul, ingresar a un gimnasio y pagar un tratamiento frustrante para mi calvicie heredada. La vida para algunos es realmente fácil, los veo despreocupados y los envidio de todo corazón (y esto no tiene ni una pizca de sarcasmo, aclaro). A veces quisiera morir para volver a nacer en un cuerpo cómodo y tener un alma apacible, una que reciba el consejo de luchar  por mi casa, por mis bienes, por mi hija, por lo mío, por lo mío, y los demás que luchen por lo de ellos, como puedan. Quisiera cumplirle a mi madre cuando le prometo que me reservaré mis opiniones para garantizar mi seguridad. Una vida sin altibajos sería mil veces mejor que esto que padezco, que es la zozobra hirviéndome en la venas y calentándome la cara, para luego dejarme inmóvil con la boca amarga, la cabeza enrevesada y unas ganas de salir corriendo a un destino que traspase lo terrenal, o para no ser tan dramáticos, un destino que atraviese las líneas fronterizas de Colombia, que no puede soltarse de su eterna amante, la violencia.  

Quisiera ver a los desaparecidos que están saliendo a flote por el río Cauca y no sentir nada; que sus cuerpos morados e hinchados no hicieran ulceras en mis emociones. Quisiera no caer en la compasión barata con sus madres, con sus novias, con sus amigos. Veo a los guerreros muertos en las carreteras, veo la sangre salpicada en estantes de supermercados, limpiada a toda carrera con los mismos jabones que utilizan los políticos del país  para lavarse las manos y no responder por tanto caído. Quisiera no desear rescatarlos de su muerte y retroceder el tiempo para conocerlos en vida, observar la firmeza de sus carnes, la plenitud de sus sonrisas blancas, el sosiego de sus infinitas ganas de amar. Quisiera no sentir rabia por la oportunidad arrebatada de hacer el amor con alguno de ellos y eliminar la ofuscación que me da al saber que, una divinidad de veinte años se va de este mundo con el sabor casi intacto de sus besos juveniles, esos que pueden llenar de esperanza a muchas mujeres y/o a muchos hombres. Quisiera no sentir culpa por las declaraciones de los últimos seis renglones.

Quisiera no llorar por las mujeres y seguir una vida feliz y campante sin darle importancia al maltrato contra ellas, pero luego aparecen mis hermanas, que son libres; las comparo con las que han sido violadas, acosadas o torturadas y lloro. Nunca  quisiera que estuvieran en una situación tan desgarradora. Quisiera tener amigas que no hayan arriesgado su salud por practicarse un aborto clandestino, sin acompañamiento de ningún tipo, a causa del juzgamiento despiadado que se le da a la mujer que es fecundada y que no toca al hombre que eyacula irresponsablemente. Quisiera no estresarme por vivir en un país sumamente machista, donde los derechos (laborales, educativos, sexuales…) de las mujeres son vulnerados. Quisiera oír los piropos, los silbidos, los comentarios de mis amigos que se burlan de la mujer y guarda la molestia en un bolsillo. Quisiera fundamentalmente dejar de acosar, porque también lo he hecho.

Quisiera construirme una burbuja impenetrable, donde no se vean ni se escuchen los problemas de los demás. Pero no puedo, el ejemplo social que me ha dado mi familia paterna no me lo permite y el esfuerzo sobrenatural que ha hecho y sigue haciendo mi madre para proteger a su casta y a sus amigos, me recuerdan que no estamos solos.