La República 1957 - Débora Arango 

A principios de uno de los tantos siglos que ha vivido la tierra, había un país de extrema riqueza, con montañas verdosas y ríos en donde se bañaba la gente feliz. Tenía oro y petróleo, plantas y animales, selvas de todo tipo, un mar azul y otro de playas negras, y gente maravillosa. Muchos querían adueñarse de él, y de a poco se fueron saqueando sus grandes sabanas y sus fascinantes altiplanos. Un día llegó un demonio disfrazado de Mesías, de acento marcado y sombrero popular. Decía aquel culebrero, que devolvería la confianza y la paz, y que repartiría las riquezas entre todos. Fue muy fácil para él convencer a la gente para que le dieran el poder, pues utilizando los mismos métodos del pasado, como español que enreda a indígena, subió al trono mostrando sus caballos, poniendo a un Dios católico por delante de todos sus discursos, y generando en toda la población sentimientos de culpa. Entonces Juan y Pedro, creyeron que ganaban mucho en sus trabajos, María pensó que no debía recibir educación gratuita, Tomás aceptó con normalidad hacer la fila de tres horas para su tratamiento de cáncer, y Ana la más ingenua de todas, se comió el cuento de que podría pasear tranquila en su finca a salvo de grupo guerrilleros, a pesar de que no tenía finca ni casa ni nada.

El tirano permaneció mucho tiempo en el poder, y cuando fue relevado se encargó de poner a sus títeres. Fueron los años más oscuros para la nación: No hubo salud, educación o trabajo. En cambio, llovió sangre en las ciudades y en el campo, y los habitantes se perdieron en las sombras, tanto así que algunos nunca volvieron a ver la luz del día y aparecieron en fosas comunes con botas plásticas. Pero como no hay mal que dure cien años, desde los claustros académicos se inició un gran cambio. Primero se consiguió de a poco, la tarea titánica de quitar la ceguera al pueblo y así se entendió que aquel que hacía llamarse “el de bien” no era tan de bien sino un hombre con rasgos de sociópata. Luego, como lo hicieron los quimbayas en su momento, los habitantes de la gran nación decidieron dar la pelea, se revelaron, salieron a las calles y empezaron a pedir lo que por derecho les pertenecía. Con tanta convicción lucharon, que la suerte los acompañó y en una trifulca sin precedentes, terminaron por asesinar al tirano y a la recua de hampones que andaban con él. La cabeza del dictador quedó en la espada del libertador de la plaza principal y nadie lloró su muerte.

La historia que se acaba de contar pasó en Polombia: con P, no con C. En Colombia la nación parecida a la del cuento ficticio, han aparecido varios dictadores disfrazados de demócratas. El último es tan psicópata, que hace tragar el vómito a sus hijos, y no se le puede regar el tinto mientras lo llevan en carro. Es enemigo de la Paz porque no la firmó él, y cuando amanece de buen humor, utiliza sus redes sociales sin vergüenza alguna, para mandar a matar a la gente pobre con los mismos pobres pero de uniforme verde. Vive el hombre rodeado de una secta fulminante, que propone que el Cauca se divida entre blancos e indígenas, que niega la masacre de las bananeras, y que tildan de castrochavista y petromadurista a todo aquel que no piense como ellos. Entre otras cosas más que no se cuentan, porque todo lo ilegal lo tienen bien escondido.

Algo se parece Colombia a Polombia: la gente despertó, o bueno, empezó a despertar. Pero para llegar a tener cabezas cortadas sobre los plateros del triunfo, han de pasar muchos años. Es cierto que ya hay gente en las calles, pero son minoría, los otros siguen vendados y creyéndose “clase media” porque pueden sacar un carro a crédito a ocho años. No contentos con quedarse en casa, indiferentes a la movilización nacional, se escuchan por ahí tratando de vándalos a los que marchan, deseando  desde su corazones católicos, apostólicos y romanos que el Duque se ilumine y tire una bomba a la plaza pública, que militaricen las ciudades y que silencien eternamente a los que se levantan contra la pesadumbre de vivir en un país saqueado. Pero bueno, es lo que se tiene, es la sociedad del vómito, que necesita tener un verdugo y que muere de temor cuando se habla de soberanía alimentaria, educación gratuita, calidad de vida, transporte público, energías limpias, diversidad de género, feminismo y de un gobierno progresista que lo cambie todo.  

Amanecerá y veremos, ¿Y su pensamiento se escribe con P o con C?