Cercano al sitio exacto donde mataron a Jorge Eliecer Gaitán, se encontraba el millonario. La carrera séptima de Bogotá estaba adornada esa mañana por el tibio sol capitalino que apenas es perceptible cuando se combina con los vientos helados que bajan desde los cerros orientales. Caminar por allí, es reconocer que Colombia, la joven nación, tiene mil historias que contar. La que procedo a narrar a continuación me impacto demasiado, y es que no todos los días uno conoce personas a las que les sobra el billete.

Lo vi desde lejos, parco y poco pretencioso, sin temor, a pesar de su enorme fortuna tan evidente a simple vista.  No era como los viejos de la calle de los esmeralderos, que viven angustiados cuidando sus bolsillos mientras negocian al menudeo sus preciosas piedras.  Éste sin duda era rico de cuna, lo delataban sus frágiles movimientos y la proeza de sus manos, y el vestido simple y  las gafas redondas, eran un vestigio de sus cincuenta años. Cuando pasé frente a él, fue inevitable bajar la cabeza, era el poder de su dinero que me hizo sentir mal, melancólico y enojado. Cómo era posible que un hombre con cajas de cartón repletas de dinero, pudiera tener posiblemente menos poder adquisitivo del que tenía yo en ese momento, que contaba con cinco mil para un desayuno y una tarjeta de Transmilenio cargada con dos mil.  Pues era posible, porque así se ha vuelto el mundo. Al único millonario que he conocido en mi vida, no le alcanza para comprarse nada, por eso  decidió mejor, convertir sus bolívares en arte, transformando sus billetes venezolanos en pájaros, bolsos y dragones, que luego cambiaba por la también devaluada moneda colombiana. Me sentí tan apenado, que no pude ni sacarle una foto.

Hay un adagio que siempre me pareció muy chocante “Solo cuando el último árbol esté muerto, el último río envenenado y el último pez atrapado, te darás cuenta que no puedes comer dinero”. Ese día del encuentro con el millonario lo recordé claramente. Lo veía y me parecía increíble su condición, y la desgracia a la que podemos llegar por decisiones egoístas de otros. El temor que siento es incalculable, pues veo a mi país y al mundo por el mismo camino. Tendremos tanto dinero un día, pero tan poco que comprar. Así pues, un dólar ya no será un dólar, sino un dolor, los soles ya no brillarán, los bolívares seguirán muriendo, y los pesos colombianos terminarán en manos de los mismos Duques de siempre, por medio de reformas tributarias.

Todo va de mal en peor, nada ha cambiado para bien en cuestiones de trueques o negocios, el mundo se sigue explotando para los oligarcas. Las monarquías fueron relevadas por políticos corruptos, y la esclavitud se propaga burlona y silenciosa para todos los habitantes: seguimos al garete recibiendo nuestros papeles simbólicos para pagar a fin de mes lo que comemos y lo que vestimos. Resulta tan fácil la forma como brotan los alimentos de la tierra, que el ser humano alejado de su origen animalesco, se inventó un montón de sistemas para complicarlo todo y evitar la equidad en la repartición del pan. Por esta razón, viven en desnutrición 560 mil niños en Colombia, mientras que el Ministro de Hacienda, se alimenta tan bien  a costilla de otros, que nunca se ha preocupado por averiguar cuánto vale una docena de huevos.