Foto: Protestas 8M Bogotá. Fuente: Infobae.

La casa de techos altos y  jardines internos que se alza exuberante en el centro de la capital colombiana, y que sirve para exhibir el trabajo del  artista Fernando Botero, fue por más de 200 años el Palacio Arzobispal. Seguramente, si los disturbios del Bogotazo no hubiesen destrozado la primera casa, ésta seguiría en manos del catolicísimo conservador y estaría cerrada para el público en general. La arquitectura colonial es de las cosas que más me gusta admirar: los pequeños detalles, los colores, los espacios grandes y tranquilos.  Por esta razón se me revuelven las tripas cuando en las manifestaciones  de cualquier tipo, se atenta contra estas joyas históricas que difícilmente se volverán a ver en la arquitectura. Pero luego recuerdo que son solo paredes muertas, y que simbolizan un pasado de guerras y de atropellos.

La imagen de una mujer prendiendo fuego a las afueras de la Iglesia de San Francisco el 8M, de entrada y como la venden los medios de comunicación, no tiene nada de positivo, pero si se analiza el trasfondo de los hechos y se es justo en el pensamiento, se podría asegurar que las mujeres tienen derecho a quemar esa y todas las iglesias del mundo, por más bonitas que fueran. Así mismo como tendrían derecho los indígenas de derribar cualquier estatua de Sebastián de Belalcázar que se les cruce el camino. Los edificios antiguos han quedado rezagados y ya no simbolizan el mundo que queremos, que no es más que uno alejado del racismo, el machismo y la falta del reconocimiento del otro como persona. Hay muchos que se enojan al ver arder las cosas materiales, no entienden que es una forma directa de negociación con el gobierno, que se postra indiferente en la silla del olvido, y no promueve políticas públicas para salvaguardar la sociedad. Por eso se destruyen peajes, estaciones, carros, iglesias, estatuas. Por eso Pablo Escobar amenazó con dinamitar todo el centro histórico de Cartagena como único recurso cuando el comando Elite de la Policía se pasaba de arbitrario en las comunas de Medellín.

Veo también la destrucción y la reconstrucción de los edificios, como un paralelo a lo que somos los seres humanos. Por lo menos desde mi experiencia personal, he tenido que acabar con ideas plantadas en la niñez, con las que no estuve de acuerdo, y defender a capa y espada mis ideales frente al curtimiento de colonialismo que tienen la mayoría de  los colombianos. Son pocos los afortunados que nacen en este país en un hogar progresista, con ideas fundamentadas en la igualdad y la equidad. Al resto, nos ha tocado pensar, conocer y violentarnos para cambiar tantas mañas de siglos pasados. Me atrevo a asegurar que las feministas del hoy, no lo eran hace tres años y que han entrado en discusión constante con sus madres por temas como el aborto legal, la libertad sexual, la vestimenta y el lugar que se merecen mujeres. Los que se reconocen dentro de una diversidad sexual y de género, han tenido también que dar una pelea constante con ellos mismos y con los demás, para dejar claro que la heterosexualidad no es la única forma ser en esta vida. Las negritudes, los indígenas, las personas con movilidad reducida, los de escasos recursos, los otros, los tantos, los yo,  nos hemos destruido tantas veces, para volvernos a construir y dejar por sentado que estamos aquí, que no somos iguales a nuestros padres y abuelos, que buscamos otra cosa, que el mundo ha cambiado.