¿Para qué dedicarle palabras a un muerto?, es la pregunta desalentadora que uno se hace cuando intenta escribir para un homenaje póstumo. El muerto ya alcanzó el verdadero descanso y no le interesa levantarse de su morada para sostener una sonrisa mientras se dicen cosas positivas de su existencia. Menos mal ocurre así, primero porque sería realmente traumático ver regresar a un familiar o a un amigo del campo tranquilo de la muerte a este plano terrenal que se vuelve cada día más mezquino, y segundo porque no hay nada más efímero que expresar los sentimientos con las palabras a un ser vivo. Entonces se habla del muerto no para él, sino para los que quedamos, para recordar. Repetimos y repetimos historias, lo que dijo en sus últimos días, lo que hizo o dejó de hacer, lo que fue y ya no será; todo esto es busca que cicatrizar nuestra memoria y pelear contra “el olvido que seremos”.

Hoy, me tocó escribir acerca de mi abuela, no para ella que ya descansa en las tierras frías de Salento, sino para la familia, para sus amigos, para mis amigos que terminaron por ser también sus amigos, para todos los que la conocieron. Escribo con tanta tranquilidad que  me cuestiono si es realmente esto, o es insensibilidad, pero entonces la veo sonreír en mi mente y entiendo que una relación basada en hechos de amor y respeto, no genera nunca sentimientos de culpa. Decir te quiero es irrisorio, cuando la palabra no va de la mano con una mirada sincera, una compañía en silencio, un compartir en la mesa, un acto que demuestre. Doña Matilde bien que sabía esto, y bien que lo enseñó a sus descendientes, porque en la familia tenemos carencia de palabras melosas, pero estamos marcados por momentos tan emotivos que han sacado lágrimas y sonrisas, y que nos han servido para ganarnos el título de locura: “Allá están los Bolívar, con sus actos empalagosos”.

Yo sigo sin entender cómo fue que don Simón Bolívar, uno de los pocos conservadores que existió en La Tebaida, terminó casándose con una mujer de otros tiempos y que arremetía con demasiada fuerza en contra las estructuras sociales de esa época. Lo cierto es que mi abuelo era un liberal camuflado, que compartía un ideal con mi abuela: El respeto por las decisiones que tomaran los demás y el intento continúo por no juzgar a las personas; esto y un poco mucho de amor fue lo que sostuvo su matrimonio por unos años. En la época en donde las mujeres tenían que aguantar las arbitrariedades de sus esposos, mi abuela puso el alto en el camino, y acabó con un matrimonio que no servía, ni para ella, ni para él, ni para los hijos que tuvieron de corrido. Mi abuelo, que quedaría con los niños después del divorcio, haría un trabajo excepcional  con diferentes métodos pedagógicos y también violentos, en enseñar a los hijos para entender a su madre, que siempre fue una mujer libre que no se ató a nada en el mundo.  

Pocas personas tienen el privilegio y el criterio para decidir el día y la forma de su muerte, mi abuela es una de ellas. El escándalo mediático de Covid fue solo una excusa y un medio para su último viaje, pues desde hace un tiempito venía diciendo que estaba cansada. Hubiese sido para ella un golpe tremendo verse agobiada por la vejez y sin ser dueña de su cuerpo, por eso decidió en sus últimos días, negarse a cualquier procedimiento médico que prolongara su vida pero le robara bienestar y autonomía. Se fue tranquila y de paso nos dejó a nosotros sumergidos en la enseñanza.

Adiós La Mati.

Nota: El último día que vi a mi abuela, me dijo que me hiciera amigo de Gustavo Bolívar el Senador, que le parecía un tipo guapísimo e inteligente, que lo llevara a su casa y se lo presentara. No le cumplí. Tengo una pena anticipada con Gustavo, el día que lo conozca no podré evitar llorar delante de él, que va a pensar el hombre…