En el reino de los enormes almendros y de las palmas bailarinas, vivía sostenida en el filo incesante del tiempo, una anciana no tan anciana, que contaba siempre historia de su juventud. Había logrado como siempre lo soñó, asentarse en el campo, deteniendo el ciclónico ritmo de vida que le tocó desde la infancia. Se levantaba con el primer suspiro del alba a desarrollar actividades minuciosas pero de gran importancia, como limpiar los corredores inundados de hojarasca, regar las plantas del interior de la casa y cuidar de un montón de objetos, personas y animales. Tenía tres bisnietas: María Helena de nueve años, Sarah de seis e Isabella, nacida en un tiempo muy cercano. Ellas llegaban de visita los fines de semana, desordenando en tiempo record el espacio con sus ropas tiradas por todas partes, sus juguetes puestos en lugares inimaginables, con sus risas y llanto, con sus gritos y silencios sospechosos.

María Helena, que desde siempre estuvo adelantada en el tiempo, se interesó con mayor locura que las otras dos niñas, por el nacimiento de unos pollos, hijos de una gallina de plumas rojizas y pico oscuro, que había en la finca. Nacerían pronto, porque el proceso de incubación del ave ya iba llegando a su etapa final, después de veinte días en que la gallina estuviera sentada sobre sus huevos. Por la idea traumática de que lo pollos recién nacidos serían devorados por los gavilanes que ya merodeaban el cielo, fue que la anciana decidió regalarle los cuatro polluelos  recién nacidos a la niña, argumentando como excusa que ella merecía quedarse con ellos, por su demostración de afecto hacia la gallina clueca.

Quince días estuvieron con la gallina mientras se acostumbraban al mundo al lado de su madre, para luego ser empacados en una caja de cartón y enviados al domicilio urbano de María Helena, una casa común y corriente de un barrio de un pueblo cercano. La niña cuidó hasta al cansancio sus nuevos amigos; buscaba el maíz y el trigo, les daba la comida, les prestaba abrigo, y acurrucaditos hubiesen dormido los pollitos hasta el otro día, sino hubiese sido por el gato zalamero que también vivía en casa, pues el sinvergüenza aprovechó la larga noche y el sueño de todos, para desplumar sin clemencia a tres de los cuatro mini gallitos. Sólo se salvó uno, el que se supo esconder muy quieto en la esquina de la caja de cartón, debajo de una manta.

Después del incidente, triste y melancólica, la niña puso todo su empeño y amor para cuidar al único sobreviviente. Le daría identidad llamándolo Kirrikiki, y estaría al pendiente para que su gato no se atreviera a tocarle un pelo, o mejor dicho, no se atreviera a tocarle ni una pluma. Así pasaron los meses. El pollito saraviado se convirtió en un gallo altivo, con plumaje brillante, cresta rojiza, pecho sobresaliente y unas patas de firme postura. Habían cambiado las cosas, ya no era María Helena la cuidaba al gallo, sino el gallo el que cuidaba a María Helena.

La última prueba que pasaría Kirrikiki, antes de confesar lo que tenía que confesar, fue una pelea a muerte con un gallo vecino. Resulta que por su belleza indiscutible, se había ganado el amor de unas gallinas de un patio continuo a la casa de María Helena. Pero estas ya tenían dueño, otro gallo altivo que apenas supo de las andanzas de las hembras de su corral, se fue directivo a increpar a su rival. La pelea fue justa, Kirrikiki nuevo en las artes marciales,  se defendió con honor y pudo, después de largos minutos, salir victorioso. Como ganar es hacer perder al otro, el gallo triunfante no volvió a visitar a las gallinas vecinas por puro remordimiento. Cuando ya se sintió recuperado de las heridas, tomó valor para decir lo que siempre había querido, y con un gesto como queriendo explicar que había sobrevivido a tanto infortunio solo por ella, mientras María Helena le acariciaba su plumaje, Kirrikiki le dijo en tono fulminante:

-   Niña, ¿Quieres ser mi novia?

María Helena habría de contarlo a todos sus familiares, y todos, absolutamente todos se reirían de ella.

Moraleja: Quién te quiere sobrevivirá para ti.