En el corto tiempo que llevo o llevamos haciendo teatro en el grupo “La Chaza”, las personas varias veces nos han preguntado, ¿Qué es el teatro?, y nos  hemos quedado mudos. Siendo aparentemente una pregunta fácil  de solo cuatro palabras, nos enfría y en pocos segundos estamos haciendo una autoevaluación de lo que estamos creando y de lo que estamos presentando. Es una pregunta pretenciosa, equivalente al famoso interrogante ¿quién soy?

Después de un largo raciocinio y esperando pues que este pensamiento no sea una copia inconsciente de todo lo que he escuchado, he llegado a la conclusión de que el teatro es la vida misma, o por lo menos, es una representación limitada por el tiempo, donde la gente va a  ver, escuchar y sentir una historia inspirada en lo que vivimos a diario. Se cambia el nombre de los personajes, los lugares, el espacio y para combatir la modorra creciente que se genera al sentarse como espectador en el mutismo de un teatro por una hora o más, nos aliamos con la imaginación para inventarnos un gato que habla y resuelve crucigramas o un soldado mutilado en estado de mendicidad. Impostamos voces oblicuas, nos pintamos extravagancias en el cuerpo y probamos miles de ocurrencias más.

Y de dónde nos llega la inspiración, es fácil. Nos llega de calle, de la urbe, de un lugar aquí o un lugar allá. El mundo es la más grande obra de teatro y las ciudades son el escenario perfecto, donde convivimos sin pausa millones de actores, actrices, técnicos, espectadores y directores. Es un juego de intercambio de papeles constante. Empezamos en la niñez, haciendo escuela, aprendiendo de varias técnicas, moldeando nuestros conceptos y por allá en la adolescencia nos estrenamos como directores de nuestras vidas, con el ego en las nubes y con la fascinación intacta, hasta que somos juzgados por el público y esto nos obliga a replantearnos una y mil veces y así nos pasamos la vida.

Hoy por ejemplo, me di a la tarea de corroborar lo que pienso y conscientemente observando por la ventanilla del bus, aprecié la obra de 45 minutos que se presentó en la ciudad de Armenia, desde el mirador de la Secreta hasta el paradero del restaurante La Fogata. El acto lo abrió la musicalidad de los buses carcasa roja combinado con los gritos de un personaje de extraño acento que ofrecía puesto cómodos para llegar al centro. Una señora con un traje suave y elegante se sentó a mi lado, llevaba ella un collar de perlas blancas similar al que utilizo con el personaje de un obra (El teatro como la vida misma). Durante el recorrido, al interior del vehículo, se dividía la cosa, un par de actores hablaban de la situación del país, de un león enfermizo y del coronavirus. Una actriz escuchaba en su teléfono cosas graciosas me imagino, pues desprendía unas carcajadas y una muecas espectaculares,  toda una clase de clown gratuita. Y no faltó el drama del abuelito enfermo con cara de mártir y con la lágrima pegada al ojo, método Stanislavski diría yo. Afuera, la cosa era radiante en términos artísticos, centenares de colores en vestuarios, luces cambiantes, un montón de personajes con diferentes formas de caminar, expresarse y existir, diferentes ritmos y energías teatrales, entre muchas cosas más.

Entonces, no se tendría que hablar de arte urbano para referirse a una representación planeada de teatro, música, pintura y poesía, que se presenta en algún parque o en alguna calle estrecha, pues considero que la sociedad como tal ya es una manifestación de muchas ideas, es la proeza de comunicar. Ahora bien, lo preocupante es como el sistema de vida que se viene desarrollando, nos atrapa a todos en mismo estilo o línea artística. Cada vez son más las reglas que se ponen para limitar la diversidad en la calle; como los papeles que intentan impedir el consumo de una cerveza y  el esparcimiento de los jóvenes donde se da la creación de guiones filosóficos generados en cualquier andén citadino  y  que nada tiene que envidiarle a los mejores guiones de los mejores escritores. Quieren meterse hasta con la forma de caminar y con un susurro suave de sutileza nos dicen “conserven su derecha”. Quieren meterse hasta con la forma de hablar y con un anuncio de letras penetrantes nos informan “guarde silencio”. Quieren meterse hasta con la forma de pensar y de la nada, un día de pronto, salimos amenazados en panfletos de grupos paramilitares. Quieren hacer del mundo una obra conservadora o mecánica, quieren como dice la canción de Blades “gente de rostros de poliéster que escuchan sin oír y miran sin ver”

Es por eso que desde Teatro La Chaza extendemos la invitación a volcarnos a las calles, a gritar arte, a pintar un mundo que se viene mecanizando, a luchar por las diferencias y a nunca perder la inspiración que nos puede regalar cualquier desconocido del bus, cualquier árbol en medio del cemento, cualquier vida urbana.