LOS CAMINANTES DE TIERRAS LEJANAS.

Por Martín Bolívar Flórez.

El tono de su piel se ha oscurecido por tanta horas de exposición al sol ecuatorial,  y su marcha sobre el asfalto canicular es lenta a pesar de las ansias de llegar por fin al destino deseado, que se desdibujó por el cansancio en las pantorrillas. Vienen del Sur y otros del Norte, van hacia el Este y otros al Oeste.  Trémulos sus cuerpos, envidian las casas que ven a su paso, deseando ser protegidos por una teja de zinc y ser respaldados por una silla de mimbre.  El sueño Bolivariano se convirtió en una pesadilla para los habitantes de la tierra lejana del Lago de Maracaibo.

Una niña de seis años de pelo chorreante se seca el sudor de la frente con una mano y con la otra sostiene la cabuya vieja que amarra a su cachorro negro. El padre lleva de las manos una bicicleta cargada con un colchón viejo, una mesita de noche y una lámpara. La madre, como si fuera animal de carga, arrastra una carreta en donde lleva apilonada en forma de pirámide, la ropa húmeda a causa de la brisa dolorosa de los cinco kilómetros de mala suerte que dejaron atrás. Una mirada de protección van recibiendo todos ellos de una mujer mayor que se ha quedado de última en la fila, seguro ha de ser la abuela, la delatan sus líneas marcadas en la cara que piden a gritos una redención para tan mal destino, al mismo tiempo que motivan a los demás para no detenerse en el camino. Parecen a lo lejos un circo itinerante de tantos trastes que llevan consigo, pero de cerca emanan la tristeza por no tener un espacio seguro en donde pasar la noche.

Qué fue lo que salió mal, me pregunto, si lo tuvieron todo. La tierra más soberana que alguna vez tuvo América del Sur se empobreció y mandó al exilio a miles de los suyos. El mal gobierno Socialista o las artimañas políticas del Tío Sam (Porque al fin de cuentas, nadie supo de quién fue la culpa), pusieron a vagar sin rumbo a los hombres y mujeres descendientes de primera mano del Libertador, por todo la cartografía de países vecinos y  encontraron en su recorrido la humillación y la barbaridad. Descubrieron con desilusión, la penuria de la desigualdad social que no muestran los televisores y la condena a la mala vida que está pagando el territorio hispano como condición permanente para mantener en pie los tratados de libre comercio, los convenios intercontinentales y  los negocios con los países del primer mundo.

El peregrinaje que alguna vez emprendió Bolívar por Los Andes sobre Palomo, se está repitiendo sin caballo ni comida, pero su trasfondo es el mismo, se presenta como un llamado a la unidad. El sueño de libertad y  la independencia definitiva, no se logrará si seguimos ensimismados, marcando nuestras diferencias entre hermanos bolivarianos. Los caminantes errantes que vemos día a día demuestran que es la hora de proponer un nuevo camino, uno que vincule a todas las naciones del Cóndor, donde se tenga la misma moneda, la misma protección de los derechos humanos, se hagan intercambios comerciales sin la ayuda de ninguna agencia extranjera y se viva la misma consigna de lucha. Solo de esa manera, echaremos de nuestro territorio al Águila imperialista de los Estados Unidos, al Dragón manufacturero de toda Asia, al inocente pero hábil Gallo Francés y al León Ingles que se pelean a toda costa por quedarse con nuestros recursos.