La casa de Rubiela Marín fue una de las primeras en adquirir la caja parlanchina que mostraba personas en tamaño reducido a través de un vidrio oblicuo. Televisor le llamaban y era la excusa para que los más jóvenes se plantaran como flamencos contra la ventana principal de la vivienda, en un intento de conocer el mundo maravilloso que venía de otras partes en formato audiovisual. Todos los días a las cinco de la tarde, Rubiela abría las cortinas de su casa y se encontraba con decenas de espectadores que soñaban hipnotizados con el nuevo invento, en las tardes calurosas de La Tebaida. Tal vez fue por las imágenes a blanco y negro o por el mundo fantasioso de la televisión, o quizá por los vestidos que veía fabricar a Rubiela Marín, costurera de profesión, que a Miryam Flórez, la segunda hija de  Ana Otilia Flórez, se le implantó en su cabeza  la idea, de que en su primera comunión, estaría tan bella y elegante como las mujeres que se veían en la pantalla.

Era 1963, y al igual que en muchos hogares tebaidenses, la pobreza arremetía con fuerza  en la casa de Miryam. Ella, que desde siempre fue obstinada con la idea fija de “salir adelante” y superar la incomodidades, empezó desde los ocho años de edad a trabajar realizando los oficios domésticos, en las casas de algunas familias del municipio; brillaba las ollas en la casa de Luzma Buitrago de Gómez, bañaba los niños pequeños de Matilde Cárdenas, enceraba los pisos en la casa de Güipi el Carnicero. Todo esto con la finalidad de ayudar con los gastos de la casa, o llevar carne y verduras que era el pago recibido, o telas, o cualquier cosa que ayudara con la crianza de sus hermanos. Por esta razón, cuando le  comentó a su madre los pormenores idealizados para su encuentro primario con la sangre y el cuerpo de Cristo, esta no dudó en cumplirle la única petición que había realizado la niña en sus once años de su vida. Así que con un esfuerzo exorbitante, Ana Otilia lavó durante mucho tiempo las ropas de la familia de Isabel Orozco con tal de conseguir unos pesos adicionales, y exigió a su esposo y padre adoptivo de Miryam, que guardara con recelo cada moneda que le dieran de propinas en su lugar de trabajo, el bar El Venado, ubicado en la Plaza de Bolívar, en el mismo sitio donde tiempo después se ubicaría La Alcaldía. Arnulfo Cardona atendió sin oponerse los requerimientos de su esposa.

Se aproximaba el mes de octubre y los preparativos para tal día estaban casi listos. En realidad, no era muchas actividades. El acto solo requería un vestido pomposo, un peinado sofisticado y una botella de vino con galletas que saldría a repartir de casa en casa a cambio de presentes, después de la comunión. El vestido lo cosió  Martha Marulanda, la mejor costurera del pueblo, fue de corte sencillo pero preciso, las mangas pegadas que cubrían todo el brazo y las capas y capas de velos, resaltaron la esbeltez de la niña y el tocado en forma de corona, enmarcaron sus rasgos gitanos. El peinado fue una proeza realizada un día antes de la misa,  por la esposa de Don Berna, único fotógrafo de pueblo, lo que obligaría a la niña a dormir en una posición incómoda, para evitar flaquezas con su melena. Se llegó el gran día y Miryam tenía todo lo que había soñado.

La misa trascurrió sin altercados como cualquier liturgia católica. El evento que fue colectivo. Reunió a varios niños y niñas, que fueron evaluados con preguntas acerca del “Acto de contrición” y el Credo. Recibieron la hostia con curiosidad y rezaron para pertenecer al cristianismo. Salieron sudando de pies a cabeza de la iglesia. Miryam tomó la bandeja con vino y galletas, y visitó primero a las familias más pudientes, les servía una copa de vino y les daba alguna galleta. En la casa de los Aristizábal le regalaron a cambio, tres telas de florecitas diminutas para que se hiciera tres vestidos modernos. En la farmacia de la familia Ruiz, le obsequiaron un jabón, una crema de dientes y un perfume infantil. Cuando arrimó donde la mamá de Gustavito Mejía, la vieja se tendió a llorar sobre ella de felicidad por verla tan linda y puso sobre su mano, empuñando con fuerza, como vicio de todas la abuelitas, un billete de alta denominación. Los Buitrago, Orlando e Irma, sacaron de un estante, una cadena de oro con un dije y un anillo del mismo material con una flor en relieve que terminaba con un piedra verde muy vistosa. Miryam estaba feliz por tan buenos presentes.

Cuando caminaba rumbo a visitar a las familias de su misma clase social: pobres pero respetables. Desde una ventana, le hicieron un comentario que arruinaría su momento de gloria, entorpecería su momento espiritual de estar libre de pecados y acabaría con las caminatas en busca de más presentes. La frase se la dijo una mujer, una de las tantas que vivía en la casa de José Cajas. Le soltó en tono burlesco, “Ay tan grande y tan fea haciendo la primera comunión”. Entonces Miryam con el tono conciso y la acidez de las palabras que la caracterizaría en resto de su vida, le contestó:

-       Y a usted que le importa, vieja mal parida.