Mi amigo Carlos Andrés Montaño, sin darse cuenta, me dio un día la idea más concisa que tengo hasta el momento, para defender a capa y espada la educación pública del país. Montis, como le decimos de cariño, me explicaba aquel día, acerca de la arquitectura y del trabajo de recuperación del espacio público a nivel mundial, aclarando de ese modo que, la creación de las calles peatonales en La Tebaida con la obra El Paseo El Edén, no solo servía para “embellecer” al municipio en busca de una oferta turística, sino que era la forma más práctica para trabajar en la política del reconocimiento del otro. Lo que yo le entendí, es que cuando uno comparte espacio y tiempo con personas que tienen unas condiciones diferentes a las de uno (económicas, sociales, raciales,…), está creando vínculos que ayudan con el tema de la tolerancia y el respeto de las diversas formas de la vida. Ese fue el pensamiento que extrapolé para el tema educación.  


No es por el contenido, la forma o los temas educativos que se dictan en las instituciones públicas de educación primaria y secundaria que defiendo este tipo de política, pues entiendo que son de baja calidad comparado con los establecimientos privados que tienen una oferta académica maravillosa; con cursos intensivos de la lengua inglesa, jornadas de emprendimiento, exposiciones artísticas y enseñanzas de la manera correcta de sentir y manejar las emociones. En cambio, la defiendo, porque hay algo que tiene la educación pública y que  para mí deja más enseñanza que cualquier pénsum sobrecargado, y es la diversidad que se logra encontrar en sus aulas. Niños Emberá, afrodescendientes, venezolanos, hijos de padres separados, desplazados, hijos de campesinos, hijos de obreros, hijos de madres solteras, y todas las variaciones que se encuentran en el mundo, se verán poco o no se verán en colegios privados, en donde la mayoría son católicos, de derecha, blancos y donde se sometieron a un examen de ingreso, donde es importantísimo que la niña o el niño vengan de un hogar establecido por un padre y una madre, en un matrimonio ejemplar.


El problema es que por un lado va  la enseñanza de la tolerancia y el amor, y por otro lado van las oportunidades, que terminan siempre en manos de los bien letrados pero indiferentes. De esta manera, nos encontramos puentes que colapsan por temas de corrupción, gente que se roba la alimentación de los más pobres, políticos que promueven la división del Cauca para separar la gente blanca de los indígenas, y muchas muestras de cinismo, que nos da para pensar que aquí “los inteligentes” no piensan en sociedad sino en individuos: Los mismos con los mismos y para los mismos.


La educación pública es el reflejo del estado del país, si como colombianos exigiéramos mejoras en ella, de seguro se empezarían a solucionar muchas problemáticas sociales evidenciadas a la fecha. Mi invitación es para quererla, rescatarla y confiarle a ella, las próximas generaciones. Que todos reciban el derecho con calidad, para luego cumplir los deberes con excelencia.